Símbolos

El hecho de que las sociedades hayan sido creadas en base a símbolos, creo que no es un secreto para nadie: tenemos ejemplos históricos claros como pueden ser Dios o la patria, pero desde nuestro desconocimiento de la historia y la influencia de la modernidad tendemos a un cierto narcisismo histórico, en el que creemos que el cristal a través del cual vemos nuestro presente está exento de estos símbolos mediante los que sustentamos nuestra sociedad. Me gustaría señalar por qué considero que no estamos en absoluto exentos de ellos, y actualmente cómo influyen en la percepción y el comportamiento que nos define cómo animales sociales:

Pensamos desde una perspectiva occidental laica que la idea de Dios ya no configura el centro comportamental de la sociedad europea, aún teniendo en cuenta que está habiendo una revitalización de Dios como figura e instrumento de construcción social, lo cual es alarmante.

Creemos que Dios está ahora en las casas de cada familia, y por consiguiente que la esfera pública ha vivido una secularización que es la que constituye las sociedades modernas más avanzadas. Llegados a este punto tratamos de entender que Dios o la patria, en este contexto, son referentes movibles del ideario colectivo, al menos en el presente. La realidad es que como decía Marx, la religión es el opio del pueblo, el alma de una sociedad sin alma, por lo que existe un vacío espiritual en el ser humano que necesita ser llenado y que históricamente ha sido ocupado por la religión o la idea de patria, que es el sentimiento de pertenencia más barato intelectualmente que se puede alcanzar, ya que refleja el orgullo a un hecho que ni siquiera depende de la persona que lo porta.

Este alma requiere de guías morales e intelectuales, y desde mi punto de vista, desde los años 90, la guía de la moral humana que sustituye en cierto modo a la patria y la idea de Dios (siempre entre comillas, ya que estos conceptos nunca han desaparecido del todo del ideario colectivo, debido a la necesidad del ser humano de mantenerse dentro de un colectivo que este compilado en estos dos grupos, y por otra parte debido a la ignorancia que permite, incluso favorece la pertenencia a cualquiera de estos dos grupos) es el dinero, o mejor dicho, el dios dinero.

La mano invisible de la economía de la que hablaba Adam Smith se ha vuelto el dogma de fe del siglo XXI al que responden  todas las políticas económicas y sociales de las naciones del mundo.

El dinero es Dios y al igual que Dios, solo tiene un valor en tanto que cobra forma en la vida de la gente, ya que per se es un elemento inútil: si cogemos un papel con un mapa de Europa grabado en el que aparece un número qué indica 50 podemos convenir en que no tiene ningún valor salvo el valor común que la economía le asocia por un acuerdo colectivo entre todas las personas, pero haciendo un ejercicio de abstracción podemos entender que la figura de Dios aislada de un contexto social que lo favorezca al igual que el billete es una figura estéril que no responde a ningún criterio material.

Esa adoración a la simbología es la que rige el alma humana y por tanto la evolución de las sociedades, bien sean musulmanas, capitalistas, cristianas, confucionistas o incluso comunistas.

El discurso del relativismo es elemental para poder concebir sociedades multipolares en las que el referente cambia de manera tan abismal, pero si empezamos a entender que el hueco siempre es cubierto por la necesidad de trascender a elementos que vayan más allá de lo cotidiano en la vida empezaremos a comprender el origen de estos movimientos sociales y por qué se producen.

Tira millas.






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